Personajes
El cocainómano que guardó su tesoro entre las hojas de aquel libro con mano temblorosa, sabiendo que sería su última acción.
Ese libro que su madre tiró en una esquina junto al resto de sus cosas el día que lo encontró muerto en el colchón, feo y sucio, como ella siempre lo había recordado.
Tiró el libro en aquella caja que ese hombre de pantalones rotos recogió para vender su contenido, deseando tener dinero para darle no sé yo a quién.
Deseando tener dinero vendió la caja a otro hombre a cambio de apenas unos centavos y una hogaza de pan podrido, el otro hombre - un mentecato, un cerdo- revendió todas las cosas menos los libros, esos libros que quedaron en su caja, otra pestilente cárcel.
La misma caja que encontraría su mujer al hurgar en la basura para quién sabe qué cosa, la mujer estúpida y vulgar que revendió los libros a su vecina, la rara, la que lee, a cambio de un par de billetes y una bolsa de mano color canario.
La vecina rara que sostuvo aquel libro como un tesoro y lo acomodó en su librero con afecto, como a un hijo perdido.
Ese libro que sabía el secreto y que parecía reír cuando ella pasó por primera vez las hojas, cuando lo abrió y acarició esa página (“Prólogo”) con la punta de la nariz.
Esa página tras la cual se ocultaba un paquete doblado, una hoja arrugada que tenía unas huellas negras marcadas por todos lados como quemaduras vergonzosas.
Esa hoja que la vecina rara desdobló con lentitud y que ocultaba el tesoro de un hombre perdido.
Ese dibujo que un niño hizo hace algunos años. Ese dibujo que era especial sabe Dios por qué.
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